Poco a poco se me escapa el tiempo y siento que debo expresar unos profundos pensamientos importantísimos que han estado fermentando en mi cerebro durante [todavía] la mayoría de mi breve pero intensa existencia.
Recuerdo como si fuera ayer una situación concreta que creo que me ayudará a expresar con mayor vehemencia lo que trato de decir con ese título tan cáustico. Cuando era pequeño, por las mañanas [a las 6:30 para ser más exactos] solía ir a comprar el pan con los que mi madre nos prepararía a mi y a mi hermana los bocadillos de foiegras [como odiaba el olor que desprendían a través de la mochila y aún así como los disfrutaba cuando me los comía]. El caso es que llegaba a la panadería a las 6:31 [minuto arriba - minuto abajo] y como podrán inmaginarse no había nadie más en la panadería. Pues bien. Resulta que yo era invisible.
Era demasiado bajo como para que la panadera me viese desde el otro lado de la barra. Tenía un hilo de voz dmasiado ténue como para poder avisarla a gritos de mi presencia en caso de que se hubiera enfrascado en la manufactura de productos farináceos. En definitiva, formaba parte de esa minoría silenciosa que, más por determinismo que por vocación, se ven extirpados del juego social, no de forma poco violenta.
Ya entonces empezaron a calar en mi los pensamientos filocomunistas que me han convertido en el hombre que soy y del que advierto que no me averguenzo en absoluto. El mundo no deja de confirmarme en mis tesis ni siquiera para dejarme descansar. La cuestión es que en la pija escuela a la que iba, el 'no pijo' era obserbado como un bicho raro. Y yo en aquella época estaba más interesado en la vivisección o en la existencia de vida extraterrestre que en mis compañeros [cuando dejé el colacao mi líbido quedó al fin al descubierto y con ella la necesidad social].
El caso es que no entendía a aquellos chulistos pseudo-fascistas que en la escuela caminaban como gallos de pelea y que seguramente eran incapaces de tener una conversación digna con ningún adulto. Y no me extraña. Ni los entendía entonces, ni los entiendo ahora, ni creo que ellos sean capaces de entenderse a si mismos.
Así que yo me había quedado con el: 'Conócete a ti mismo' platónico, y ellos con el: 'No existe más verdad que la mía' del capitán América. De todos modos, nuestra vida era aún fresca y moldeable y yo lo sabía. Observaba curioso a mi alrededor buscando una imagen perfecta que se constituyese como mi propio recuerdo y mi propia experiencia. Allí creo yo que radicaba la diferencia. En la plasticidad, la elasticidad.
Yo siempre fui muy proclive a invocar metáforas y relaciones etéreas entre lo físico y lo psicológico-espiritual. Por ello, cuando comprendí que mi elasticidad física era nula, deduje que de algún modo ésta tenía que haber ido a parar a algún otro lugar. En efecto pronto descubrí la retórica y la elasticidad mental que me era innata me permitía realizar piruetas intelectuales [y también físicas] fuera del alcance de lo que comunmente se entiende por 'nomalidad'.
Llegados a éste punto [y debido a que el reloj se me echa encima, y no de forma únicamente tendenciosa], valdría la pena mencionar cual es el punto de contacto con el fascismo y el estatismo intelectual y moral, y el comunismo y la elasticidad espiritual. Pero lo siento... ya no tengo más tiempo.
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