No se si será por el atavismo propio de nuestra sociedad nihilista y competitiva que nos ha convencido que vivimos en una selva de asfalto, o por qué realmente nos encontramos ante la diáspora de nuestro sistema económico y social; pero parece como si el vértigo se hubiera apoderado de nosotros y, de nuevo, estuviésemos relegando toda nuestra autoridad individual en unos líderes que, si no se hallan demasiado azarosos como para desfalcar las cuentas públicas, confiesan abiertamente que se encuentran tan desorientados [sino mas] que nosotros mismos.
En un principio creímos que los voluptuosos cambios a los que nos enfrentábamos se resolverían con una simple calibración. Pero entonces la soledad se materializó en su forma más abrupta. Primero en forma de productos de consumo que hacían las delicias de cualquier hedonista sin esperar nada a cambio. Luego los estridentes anuncios que banalizaban nuestros valores nos mostraron sin tapujos que siempre habría alguien mejor que nosotros. Y por último la envidia nos ensartó un puñal por la espalda al comprender que, no sólo jamás realizaríamos el sueño occidental que prometía recompensas a los individuos más valiosos, sino que las añejas aristocracias heredadas del convulso fin del siglo precedente, parecían carecer por completo de las cualidades necesarias que nos resultarían indispensables para salir del pozo sin fondo al que habíamos caido.
Como ante la muerte; comprendimos que nos encontrabamos frente a un horizonte desconocido. Terrorífico e infinito. Y, en lugar de reaccionar, nos detuvimos temerosos. Es lógico; así funciona la naturaleza humana. Ante la amenaza que supone un desafio explícito, lo primero que azota nuestras mentes es el instinto de conservación. Pero si en lugar de reaccionar racionalmente, permanecemos inmóviles cual insecto, lo más probable es que nos arrebaten los logros que nuestros antepasados conquistaron. Y ahora ya hablo del presente.
La libertad de expresión se encuentra amenazada por la inmunidad diplomática. La educación empieza a parecer más un anacronismo que un servicio público. La seguridad social se administra con ligereza en cambios de sexo de quien en realidad necesita atención psicológica y antes se transmuta en fraude fiscal que en garantizar la asistencia mínima a los inmigrantes ilegales que al menos pasan el día trabajando entre nosotros en lugar de pasarse 24 horas autocompadeciéndose frente al espejo.
- Espabílense! gritan todos en los medios tratando de escurrir el bulto. Pues parece que no entienden que el imperativo va dirigido a todos nosotros. Al aquí y al ahora. A nuestras instituciones. A nuestra sociedad.
Resulta paradójico que los mismos elementos que nos proporcionan hoy en día esa superficial sensación de seguridad, sean los que nos conviertan en individuos autómatas que no reaccionan incluso cuando ven que, de no hacerlo; lo más probable se nos caiga la casa encima. ero no nos engañemos. La mediatización de nuestras vidas está sujeta a espejismos irreconocibles y si hay una sola cosa cierta es que todos nos encontramos en la misma aventura. No hay malos ni buenos. Sólo cachorrilos temerosos ante un universo tan vasto que asusta.
Será la solución para la burbuja financiera esperar a que los banqueros encuentren una solución? Será el libro de Keynes que describía minuciosamente el proceso especulativo apocalíptico?
Las preguntas no van a dejar de llegarnos porque estemos quietos, atáxicos, sin ganas de asumir responabilidades; arriesgarnos. Al contrario; No dejaran de llegar. Y eso es porque se espera de nosotros que evolucionemos. Pero que evolucionemos ya! El mundo va a seguir avanzando con o sin nosotros:
Qué es primero; ¿Nuestro lujo o el alivio de la necesidad ajena? ¿Es la mentira socialmente aceptada una lenta eutanasia occidental? ¿Nos conducirá la hipocresia a algún lugar mejor que el pasado? Podemos presuponer que la mentira cae por su propio peso y que básicamente no tiene futuro. Pero si es así; ¿Cómo tiene el vanidoso la habilidad de llegar hasta el punto en el que se le hace viable el pisoteo de la libertad ajena?
En un principio creímos que los voluptuosos cambios a los que nos enfrentábamos se resolverían con una simple calibración. Pero entonces la soledad se materializó en su forma más abrupta. Primero en forma de productos de consumo que hacían las delicias de cualquier hedonista sin esperar nada a cambio. Luego los estridentes anuncios que banalizaban nuestros valores nos mostraron sin tapujos que siempre habría alguien mejor que nosotros. Y por último la envidia nos ensartó un puñal por la espalda al comprender que, no sólo jamás realizaríamos el sueño occidental que prometía recompensas a los individuos más valiosos, sino que las añejas aristocracias heredadas del convulso fin del siglo precedente, parecían carecer por completo de las cualidades necesarias que nos resultarían indispensables para salir del pozo sin fondo al que habíamos caido.
Como ante la muerte; comprendimos que nos encontrabamos frente a un horizonte desconocido. Terrorífico e infinito. Y, en lugar de reaccionar, nos detuvimos temerosos. Es lógico; así funciona la naturaleza humana. Ante la amenaza que supone un desafio explícito, lo primero que azota nuestras mentes es el instinto de conservación. Pero si en lugar de reaccionar racionalmente, permanecemos inmóviles cual insecto, lo más probable es que nos arrebaten los logros que nuestros antepasados conquistaron. Y ahora ya hablo del presente.
La libertad de expresión se encuentra amenazada por la inmunidad diplomática. La educación empieza a parecer más un anacronismo que un servicio público. La seguridad social se administra con ligereza en cambios de sexo de quien en realidad necesita atención psicológica y antes se transmuta en fraude fiscal que en garantizar la asistencia mínima a los inmigrantes ilegales que al menos pasan el día trabajando entre nosotros en lugar de pasarse 24 horas autocompadeciéndose frente al espejo.
- Espabílense! gritan todos en los medios tratando de escurrir el bulto. Pues parece que no entienden que el imperativo va dirigido a todos nosotros. Al aquí y al ahora. A nuestras instituciones. A nuestra sociedad.
Resulta paradójico que los mismos elementos que nos proporcionan hoy en día esa superficial sensación de seguridad, sean los que nos conviertan en individuos autómatas que no reaccionan incluso cuando ven que, de no hacerlo; lo más probable se nos caiga la casa encima. ero no nos engañemos. La mediatización de nuestras vidas está sujeta a espejismos irreconocibles y si hay una sola cosa cierta es que todos nos encontramos en la misma aventura. No hay malos ni buenos. Sólo cachorrilos temerosos ante un universo tan vasto que asusta.
Será la solución para la burbuja financiera esperar a que los banqueros encuentren una solución? Será el libro de Keynes que describía minuciosamente el proceso especulativo apocalíptico?
Las preguntas no van a dejar de llegarnos porque estemos quietos, atáxicos, sin ganas de asumir responabilidades; arriesgarnos. Al contrario; No dejaran de llegar. Y eso es porque se espera de nosotros que evolucionemos. Pero que evolucionemos ya! El mundo va a seguir avanzando con o sin nosotros:
Qué es primero; ¿Nuestro lujo o el alivio de la necesidad ajena? ¿Es la mentira socialmente aceptada una lenta eutanasia occidental? ¿Nos conducirá la hipocresia a algún lugar mejor que el pasado? Podemos presuponer que la mentira cae por su propio peso y que básicamente no tiene futuro. Pero si es así; ¿Cómo tiene el vanidoso la habilidad de llegar hasta el punto en el que se le hace viable el pisoteo de la libertad ajena?

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