
Como era de esperar el resto de los reinos europeos pronto comprendieron la importancia del descubrimiento de América, y se unieron al proyecto colonial con una soberbia que a algunos les pasaría más factura que a otros. El dinero entraba a expuertas y sólo los reinos con más tradición individualista [Inglaterra y Holanda] supieron hacer de éste un acicate para el progreso tecnológico.
Eso sí, el proyecto industrial dependía de la explotación humana con una crueldad sin precedentes. Tanto es así que me pregunto por qué no llamar a la conquista de las Américas primera guerra mundial. La desesperación de esclavos y jornaleros era tal que el suicidio se convirtió en una huida aceptable.
Mientras tanto quedó patente que la ingeniería social no era una disciplina que los reinos occidentales dominaran en absoluto. El inhumano traslado atlántico de esclavos y el uso de nativos como mano de obra barata y reemplazable, fue de una ineficacia, que tan sólo es comparable al traslado de presos a Oceanía o de mercenarios ibéricos a la búsqueda del Dorado.
El hecho de que los isleños fueran más carismáticos y proactivos en la recepción de los recién llegados [a los que algunos se empeñaron erróneamente en considerar como dioses], no fue óbice para que los utilizaran y aniquilaran a despecho. Pero esas cualidades hospitalarias denostadas, se echarían profundamente de menos en el interior continental, cuando Cortés o Pizarro se empeñaban en conquistar a Aztecas y Mayas. Sus armas no llevaban pólvora y desconocían el caballo; pero lucharon como hombres libres y eso los ennoblece.
Y eso planteó serias dudas acerca de la naturaleza espiritual de los aborígenes. Sin embargo no pudieron hacer nada contra el ataque bacteriológico más genocida de la historia. Las enfermedades contra las que los europeos se habían hecho inmunes por años de mugre y suciedad, fueron devastadoras para los indios americanos.
Pero lo que los europeos debieron ver como una señal divina de la facilidad con la que conquistarían ese territorio, se convirtió, sin embargo, en una demostración más de que su cuna era abominable. Aunque la discrección con que América nos destruyo demostró que la naturaleza abrupta de su pueblo no era nada desdeñable; sus infinita variedad zoológica de predadores, sus accidentes geográficos, la densa y húmeda selva. En una situación así hubiera resultado imprescindible la colaboración de los nativos. Algo que, sobra decir, no conseguirían los españoles con sangre y fuego.
Eso sí, el proyecto industrial dependía de la explotación humana con una crueldad sin precedentes. Tanto es así que me pregunto por qué no llamar a la conquista de las Américas primera guerra mundial. La desesperación de esclavos y jornaleros era tal que el suicidio se convirtió en una huida aceptable.
Mientras tanto quedó patente que la ingeniería social no era una disciplina que los reinos occidentales dominaran en absoluto. El inhumano traslado atlántico de esclavos y el uso de nativos como mano de obra barata y reemplazable, fue de una ineficacia, que tan sólo es comparable al traslado de presos a Oceanía o de mercenarios ibéricos a la búsqueda del Dorado.
El hecho de que los isleños fueran más carismáticos y proactivos en la recepción de los recién llegados [a los que algunos se empeñaron erróneamente en considerar como dioses], no fue óbice para que los utilizaran y aniquilaran a despecho. Pero esas cualidades hospitalarias denostadas, se echarían profundamente de menos en el interior continental, cuando Cortés o Pizarro se empeñaban en conquistar a Aztecas y Mayas. Sus armas no llevaban pólvora y desconocían el caballo; pero lucharon como hombres libres y eso los ennoblece.
Y eso planteó serias dudas acerca de la naturaleza espiritual de los aborígenes. Sin embargo no pudieron hacer nada contra el ataque bacteriológico más genocida de la historia. Las enfermedades contra las que los europeos se habían hecho inmunes por años de mugre y suciedad, fueron devastadoras para los indios americanos.
Pero lo que los europeos debieron ver como una señal divina de la facilidad con la que conquistarían ese territorio, se convirtió, sin embargo, en una demostración más de que su cuna era abominable. Aunque la discrección con que América nos destruyo demostró que la naturaleza abrupta de su pueblo no era nada desdeñable; sus infinita variedad zoológica de predadores, sus accidentes geográficos, la densa y húmeda selva. En una situación así hubiera resultado imprescindible la colaboración de los nativos. Algo que, sobra decir, no conseguirían los españoles con sangre y fuego.

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