
A menudo miramos con una cierta melancolía a esas epopeyas míticas que nos llegan del descubrimiento de las Américas. No es para menos. El mundo paso de ser el mercado de un rey déspota, a un territorio inmenso, virgen y lleno de promesas.
Las primeras intentonas de ingeniería social [esa gran farsa que sólo sirve para aniquilar aquello que pretende preservar] tuvo por aquel entonces su edad dorada. Esclavitud, traslado de presos, conversión crsitiana… Tal vez por su inicial ingenuidad, su brutalidad ha quedado oculta tras un velo místico .
La competencia española [primero con Portugal, luego con Holanda e Inglaterra] produjo cuantiosas pérdidas materiales y bajas humanas. Pero el verdadero holocausto al progreso fue el aniquilamiento [tanto deliberado como negligente] de las poblaciones nativas.
China en cambio se mantuvo en su autarquía hermética. Si bien se trató de una época de inmovilismo económico y técnico para ella, no se desvirgó en cambio en los valores occidentales del tipo heroísmo o conquista [valores que por cierto acabarían propiciando lo contrario en la recién bautizada ‘tierra prometida’.
Así que nos encontramos con un balance negativo. Las pérdidas? Irremplazables. La competencia? Superada con creces por la propia incompetencia. El ser humano tiende a comportarse como un animal cuando el miedo y la ignorancia le enfrenta a obstáculos desconocidos.
Lo cual no deja de ser extremadamente curioso; porqué: Si las rutas marinas y los vientos dominantes más sencillos [la línea ecuatorial - visto ahora bajo la perspectiva google] nos llevaban directamente al nuevo mundo; ¿Cómo conseguimos complicarnos tanto la vida?
Si Europa hubiera áunado esfuerzos en lugar de dejarse llevar por rencillas que no la llevaban a ninguna parte; incluso si hubiera podido contar con un Oriente abierto y cosmopolita en lugar de uno oscuro y medieval, es probable que la riqueza natural de América siguiera frondosa y vital. Ahora en cambio sólo vemos pobreza callejera, narcotráfico, corrupción y minerías de desolación. Como mínimo podemos estar seguros que el mundo actual no sería tal y como lo conocemos.
Eso debería suscitar serias dudas acerca del modo de proceder de nuestra civilización. La economía se basa en la producción de beneficios en un sano afán de minimizar los costes. Hoy por hoy, el balance resulta desolador. Pérdida de capital humano y cultural, infravaloración de la calidad de vida, censura y ausencia de diálogo, progreso naufragante… Qué gran pérdida!
Las primeras intentonas de ingeniería social [esa gran farsa que sólo sirve para aniquilar aquello que pretende preservar] tuvo por aquel entonces su edad dorada. Esclavitud, traslado de presos, conversión crsitiana… Tal vez por su inicial ingenuidad, su brutalidad ha quedado oculta tras un velo místico .
La competencia española [primero con Portugal, luego con Holanda e Inglaterra] produjo cuantiosas pérdidas materiales y bajas humanas. Pero el verdadero holocausto al progreso fue el aniquilamiento [tanto deliberado como negligente] de las poblaciones nativas.
China en cambio se mantuvo en su autarquía hermética. Si bien se trató de una época de inmovilismo económico y técnico para ella, no se desvirgó en cambio en los valores occidentales del tipo heroísmo o conquista [valores que por cierto acabarían propiciando lo contrario en la recién bautizada ‘tierra prometida’.
Así que nos encontramos con un balance negativo. Las pérdidas? Irremplazables. La competencia? Superada con creces por la propia incompetencia. El ser humano tiende a comportarse como un animal cuando el miedo y la ignorancia le enfrenta a obstáculos desconocidos.
Lo cual no deja de ser extremadamente curioso; porqué: Si las rutas marinas y los vientos dominantes más sencillos [la línea ecuatorial - visto ahora bajo la perspectiva google] nos llevaban directamente al nuevo mundo; ¿Cómo conseguimos complicarnos tanto la vida?
Si Europa hubiera áunado esfuerzos en lugar de dejarse llevar por rencillas que no la llevaban a ninguna parte; incluso si hubiera podido contar con un Oriente abierto y cosmopolita en lugar de uno oscuro y medieval, es probable que la riqueza natural de América siguiera frondosa y vital. Ahora en cambio sólo vemos pobreza callejera, narcotráfico, corrupción y minerías de desolación. Como mínimo podemos estar seguros que el mundo actual no sería tal y como lo conocemos.
Eso debería suscitar serias dudas acerca del modo de proceder de nuestra civilización. La economía se basa en la producción de beneficios en un sano afán de minimizar los costes. Hoy por hoy, el balance resulta desolador. Pérdida de capital humano y cultural, infravaloración de la calidad de vida, censura y ausencia de diálogo, progreso naufragante… Qué gran pérdida!

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