El día en que Milton Friedman se bajó de su caballo blanco
Aquellas naciones que podríamos considerar como los vencedores de la revolución industrial, es decir Estados Unidos de América del Norte, Japón, Alemania, Francia… Son todos ellos, países que lucharon por un ideal y vencieron. Pero éste ideal también les condujo a cometer atroces masacres mientras desvirtuaban aquello mismo que creían defender. Es el caso de las dos mayores carnicerías de la historia de la humanidad. La 1ª y la 2ª Guerra Mundial el contrasentido es obvio.
De nuevo comprobamos la nimia y superficial existencia del ser humano. Su proceder, dependiente de las grandes estructuras jerárquicas, su tendencia al nepotismo y a la corrupción, así como los casuales e imprevistos no afrontados con suficiente integridad moral exponen la certeza que el hombre occidental se negó a aceptar que la humanidad no estaba preparada para tal preciado regalo. Así nuestros propios antepasados nos condujeron a un callejón sin salida.
Pero porqué? ¿Dónde está el límite que separa lo humano de lo bestial? No se trata de una explícita línea roja que, pintada en el suelo, marca unas fronteras claras y sólidas. Pero así somos. Nos dejamos embarcar en la aventuras más absurdas y comprometemos la memoria histórica que dejaremos tras nosotros.
Sin embargo la civilización tiende a superar cualquier obstáculo minimizando la percepción de las pérdidas. Al fin y al cabo, las cosas que hemos perdido hasta llegar hasta éste punto, ya no van a volver a hacer acto de presencia. En ese sentido escribimos la ‘Carta de los derechos humanos’, redactamos un sinfín de constituciones y de tratados de libre comercio. Aún así, lo que no hicimos fue garantizar la vigencia de estos tratados con políticas como mínimo tan realistas como utópica fueron sus génesis. ¿Pues como íbamos a enfrentarnos al ‘Estado’ de las cosas?
Buscamos ‘fuera’ el origen de nuestra desdicha y acabamos enfrentándonos entre nosotros por razones que ni siquiera suscitaban nuestra empatía; mientras seguimos con esta senda interminable a la que llamamos industrialización, y que nos tiene prometido el universo entero. La calidad fue obviada en Norte-América, la paz defenestrada en Europa, los sindicatos aniquilados en oriente; y aún así seguimos avanzando. Un ejemplo más de la infinita fe que nosotros mismos depósitamos y usurpamos sobre el género humano. Padre y madre del sistema económico fiduciario, pero también antecesor del malvado tío Gilito que roba con guante blanco.


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